sábado, 26 de abril de 2014

Venecia



Cuando estas en otro país, quieres empaparte lo más posible de su cultura; conocer lo más emblemático. Aunque sea un vistazo.
No estaba en nuestro plan original, pero vimos lo fácil y rápido que era viajar en tren y hubiera sido imperdonable haber ido a Italia y no aprovechar para conocer Venecia.
El viaje era de tres horas de ida y tres horas de vuelta a Florencia. Sólo teníamos un día. Eso nos dejaba aproximadamente cinco horas para recorrer la ciudad de las góndolas. Cuando la opción es eso o nada, cinco horas está más que perfecto.
En contra todas las probabilidades, en el tren compartimos asiento con dos paisanos. Una pareja de Culiacán. Si bien fue agradable escuchar el acento mexicano, no nos parecieron del todo amigables. Sin embargo, platicamos lo suficiente para amenizar el viaje.
Fue muy impresionante salir de la estación de trenes Santa Lucia y ver Venecia de golpe. La ciudad, como la ves en las fotos, está justo afuera. Los edificios emergiendo del agua, los vaporettos atravesando el Gran Canal, las góndolas con los tipos de la camisa a rayas. La brisa salina refresca tu rostro, el aroma del tomate con ajo te abre el apetito, el murmullo de los mil idiomas de la multitud te entusiasma. Fue una primera impresión mágica.
De nuevo, lo primero que llamó nuestra atención fue el contraste con las otras ciudades visitadas. Conocimos la majestuosa Roma y la elegante Florencia; ahora estábamos en Venecia la bohemia. El ambiente era más relajado y de alguna manera más juvenil. Nos enamoramos de inmediato.
La ciudad es un laberinto donde fácilmente puedes perderte si no sigues los señalamientos que hay por todas partes para llegar a los puntos turísticos. Algunos letreros son placas colocadas por el Ayuntamiento, otros, simples pintas o grafitis. Pero es muy importante seguirlos, de otra manera no llegas a ninguna parte. En Venecia vas de una calle llena de gente a un túnel oscuro en cuestión de segundos. No sabes si vas o vienes. Los altos edificios complican ubicarte.  
La visita fue exprés. Del puente de Rialto a la Plaza San Marcos y de regreso. Pero la sola experiencia de recorrer las calles, callejones, túneles y canales hacen que valga la pena.   Fue aquí donde comimos el mejor espagueti de Italia, acompañado de langostinos.    
Venecia nos dejó ganas de más, pero tenemos la promesa de volver y quedarnos algunos días. Ojalá así sea. Aquí unas cuantas fotos de nuestro paso por Venecia.
 





















miércoles, 16 de abril de 2014

Florencia

Pasar cinco días en Roma fué, sin duda, la experiencia más maravillosa de nuestras vidas.
La Ciudad Eterna no pudo habernos tratado mejor; espectaculares atardeceres, romántica lluvia, suculenta comida, gente amable e interesante. Se trata del lugar donde muchos de los eventos más significativos de la historia de la humanidad habían tenido lugar y ahora será también, por siempre, el sitio donde pasamos nuestra Luna de Miel.

Los hermosos monumentos y edificios, hasta entonces sólo contemplados en fotos y videos, habían estado frente a nosotros.Existen, los vimos; sentimos el frío mármol y el áspero hormigón de la antigüedad en nuestras manos; respiramos la humedad de las cámaras abovedadas en el corazón del catolicismo; nos cansamos de recorrer las calles de una de las capitales más emblemáticas del mundo, donde en cada esquina hay algo que ver.

Pero también tuvimos la fortuna de contemplar la Roma cotidiana, la auténtica, la de los romanos. Escuchamos la algarabía matutina afuera de las escuelas y el bullicio en el mercado en Campo de’ Fiori; viajamos en el Metro e hicimos el mandado en sus tiendas de abarrotes.
Había valido la pena el estrés y el esfuerzo económico. Habíamos elegido bien el escenario de nuestros mejores recuerdos. Hicimos de Roma la sede vitalicia de nuestro matrimonio.  

Pero sólo estábamos a la mitad de nuestro viaje. Nuestro segundo destino nos esperaba.
La mañana del sábado 15 de febrero de 2014 tomábamos fotos de la que había sido nuestro primer nido de amor y lecho nupcial. La pequeña, pero práctica y cómoda habitación del hotel Domus Tiberina, en el corazón del barrio de Trastevere, tenía encanto propio y había superado nuestras expectativas. Era tan acogedora que parecía que habíamos vivido un mes ahí. “Toma foto de la ventana y su vista”, “Tómale al extraño baño y regadera”, “Nunca supimos para qué sirve ese aparato, ¿es una máquina de expresso?”.
“¡Buon viaggio!”, nos gritó Ana, la dueña de la hostería, cuando partíamos hacia Termini, la estación de trenes. 
Siempre atenta, siempre amable, siempre en italiano. No sé cómo le hicimos, pero siempre nos entendimos.

Abordamos el tren rápido Frecciargento al mediodía; el viaje fue de 2 horas y media; el destino, Florencia.
Capital de la Toscana, Cuna del Renacimiento, la segunda ciudad más importante de Italia; había visto nacer, o dado asilo, a históricas figuras como Dante Alighieri, Leonardo DaVinci, Miguel Ángel, Maquiavelo, (Ezio Auditore), los Médici, entre otros. Y por supuesto, origen de importantes figuras de la moda como Guccio Gucci. Era obligatorio estar ahí.
La estación de Santa Maria Novella está a sólo 5 minutos andando del Hotel Lorena, nuestro segundo hospedaje. De ahí, todo punto turístico o de interés estaba a no más de 15 minutos. La ubicación no pudo ser mejor.
La primera impresión de Florencia fue el contraste con Roma: de la caótica maraña de callejones y avenidas, pasamos al trazo firme de calles y rotondas; del otoñal beige de los edificios y las ruinas de mármol, pasamos al flameante ocre de los techos a dos aguas y coloridas construcciones uniformes con balcones encontrados; de la extraña mezcla de diversos periodos de la historia, pasamos a sólo uno: el renacimiento.
Toda la ciudad es un museo al aire libre: La Piazza del Duomo, con la impresionante catedral de Santa María del Fiore a lado del Campanario de Giotto, el ícono de la ciudad e invariable primer fondo para las fotografías; y justo enfrente, el Battistero di San Giovanni, donde fue bautizado el autor de la Divina Comedia.
En la Piazza della Signoria, principal punto de reunión para turistas y nativos, donde talentosos músicos y artistas plásticos amenizan el ambiente, se levanta el Palazzo Vecchio, que alberga el imponente Salón de los 500, cuyo techo está adornado con gigantescos tapices que ilustran los innumerables eventos bélicos de la ciudad.
Los joyerías del Ponte Vecchio y las tiendas vintage en el barrio de San Marcos, junto al Palazzo Pitti, secan la boca  y seducen a las tarjetas de crédito.
Sin embargo, pese a todas estas bellezas de la ciudad, el mayor espectáculo es su gente. Se dice que Milán es la Capital de la Moda, pero los florentinos no se quedan atrás. Elegancia y buen gusto es el común denominador e hombres y mujeres por igual.
Y los perros... ¡Los perros!... ¡¿Qué onda con los perros?! ¿Los llevan al salón de belleza antes de sacarlos a pasear? Lo sedoso de su cabello provoca envidia y algunos dan la impresión de que en lugar de un estilista, fueron llevados con un chef repostero, pues pareciera que en lugar de pelo, llevan untado nutela o chocolate. Y todos perfectamente entrenados, claro está.
Lo único que critico a los florentinos es la fea costumbre de tirar las colillas de cigarro al suelo. ¿Cómo se atreven a ensuciar su hermosa ciudad? Claro que las cuadrillas de limpieza municipal mantienen el lugar impecable y fuera de las colillas, la gente es limpia y aseada.
Naturalmente, no podíamos irnos sin contemplar al famosísimo David de Miguel Ángel en el Museo de la Academia, la Casa de Dante y el Museo Gucci. No podríamos irnos sin probar el filete y la tripa a la florentina, platillos emblemáticos, y el suculento salami de la toscana. Y no podíamos irnos, claro, sin colocar la moneda en la boca del jabalí en el mercado de piel del Porcellino, que te garantiza retornar a este mágico punto del planeta.
Fue en Florencia donde probamos el mejor cuernito (o brioche como le dicen ellos), de Italia, con chispas del mejor chocolate que hayamos probado y acompañado del mejor capuchino del mundo.
Aquí unas cuantas fotos de nuestro paso por Firenze.

























miércoles, 2 de abril de 2014

Italia, first stop Roma

El plan era perfecto. Nuestra boda, un evento sencillo e íntimo, tendría lugar la tarde del sábado 8 de febrero; al día siguiente, partiríamos de luna de miel hacia Italia.

Sin embargo, una semana antes del Gran Día, todo parecía marchar mal. Increíblemente, un mal tiempo con carácter de histórico por lo inusual, azotó a toda la Península Itálica; las fuertes lluvias en varias ciudades, incluyendo Roma y Florencia, nuestro destino, habían provocado la crecida de los ríos Tíber y Arno. La alerta de desbordamiento fue activada allá. La alerta de cancelación de viaje fue activada aquí. La palabra “posponer” flotaba en el aire.
 
Para colmo, en Estados Unidos, nuestro punto de partida, el clima tampoco estaba cooperando; tormentas invernales provocaban la cancelación de vuelos locales e internacionales.

Estábamos estresados, no era el panorama en que imaginas tu luna de miel, tu viaje deseado por todo un año. Por toda una vida.

Al final decidimos jugárnosla. 

Un día después de nuestra boda, desvelados, ansiosos, nerviosos, partimos de Laredo a Houston y de ahí a Washington, DC. El viaje fue pesado, los asientos incómodos, íbamos sin desayunar por lo que sufrimos hambre y el refrigerio tardó mucho en llegar.      
Como el segundo vuelo partió con retraso, cuando llegamos a Washington, apenas tuvimos cinco minutos para abordar el siguiente avión, el que nos llevaría al aeropuerto de Fiumicino, a treinta minutos de la capital italiana. Estábamos cansados tras un vuelo de casi cuatro horas y en lugar de estirar las piernas, íbamos a tomar otro vuelo de nueve horas. 
 
El avión permaneció una hora en el suelo. Había hielo en la pista. El fantasma de la cancelación volvió hacer acto de presencia. ¿Realmente íbamos a atorarnos en Washington? Cruzamos los dedos.
Finalmente, una amable voz emergió de las bocinas para decirnos, en el hermoso idioma italiano, que nos preparábamos para el viaje, estábamos por despegar. No entendimos exactamente lo que dijo, pero la buena vibra es un idioma universal. Sabíamos que todo había salido bien.

¡EEEXITOOOO!... nada se canceló, todo seguía su curso. ¡¡¡Iríamos a Italia!!!

Lunes 10 de febrero de 2014; por fin llegamos a la Ciudad Eterna. Carlo se había dado a la tarea de ver y leer mucho sobre la historia de los romanos, estudiar el mapa de la ciudad y de aprender un poco del idioma...
Yo no había tenido tiempo de nada, solo quería estar ahí y disfrutar.

Boca de la Verdad, Fontana de Trevi, Panteón de Agripa, Coliseo, Monte Palatino, foros romanos, Via Imperiale, Vía del Corso, el gran monumento a Víctor Emmanuel, Monte Capitolino, El Vaticano, la audiencia papal, termas de Caracalla, Villa Borguese, Piazza del Popolo; Piazza Spagna, la lluvia, el sol, el color de la ciudad, su vida nocturna en el barrio de Trastevere, el idioma, el aroma, sus fuentes, su elegancia, los turistas, ¡los paninis!  Todo fue hermoso.

Nuestro último día en Roma fue el 14 de Febrero y ha sido el San Valentín más romántico que hemos pasado. Primero en Villa Borguese, donde rentamos una bici-carro y recorrimos este hermoso parque y nos tendimos en el pasto; luego, en Piazza del Popolo disfrutamos un atardecer espectacular; recorrimos Vía del Corso y cenamos en un lugar muy encantador llamado Antica Osteria Rugantino, en Trastevere, donde la comida estuvo deliciosa.

Aquí unas cuantas imágenes de la primera escala de nuestro viaje, Roma.