Pasar cinco días en Roma fué, sin duda, la experiencia más maravillosa de nuestras vidas.
La Ciudad Eterna no pudo habernos tratado mejor; espectaculares atardeceres, romántica lluvia, suculenta comida, gente amable e interesante. Se trata del lugar donde muchos de los eventos más significativos de la historia de la humanidad habían tenido lugar y ahora será también, por siempre, el sitio donde pasamos nuestra Luna de Miel.
Los hermosos monumentos y edificios, hasta entonces sólo contemplados en fotos y videos, habían estado frente a nosotros.Existen, los vimos; sentimos el frío mármol y el áspero hormigón de la antigüedad en nuestras manos; respiramos la humedad de las cámaras abovedadas en el corazón del catolicismo; nos cansamos de recorrer las calles de una de las capitales más emblemáticas del mundo, donde en cada esquina hay algo que ver.
Pero también tuvimos la fortuna de contemplar la Roma cotidiana, la auténtica, la de los romanos. Escuchamos la algarabía matutina afuera de las escuelas y el bullicio en el mercado en Campo de’ Fiori; viajamos en el Metro e hicimos el mandado en sus tiendas de abarrotes.
Había valido la pena el estrés y el esfuerzo económico. Habíamos elegido bien el escenario de nuestros mejores recuerdos. Hicimos de Roma la sede vitalicia de nuestro matrimonio.
Había valido la pena el estrés y el esfuerzo económico. Habíamos elegido bien el escenario de nuestros mejores recuerdos. Hicimos de Roma la sede vitalicia de nuestro matrimonio.
Pero sólo estábamos a la mitad de nuestro viaje. Nuestro segundo destino nos esperaba.
La mañana del sábado 15 de febrero de 2014 tomábamos fotos de la que había sido nuestro primer nido de amor y lecho nupcial. La pequeña, pero práctica y cómoda habitación del hotel Domus Tiberina, en el corazón del barrio de Trastevere, tenía encanto propio y había superado nuestras expectativas. Era tan acogedora que parecía que habíamos vivido un mes ahí. “Toma foto de la ventana y su vista”, “Tómale al extraño baño y regadera”, “Nunca supimos para qué sirve ese aparato, ¿es una máquina de expresso?”.
“¡Buon viaggio!”, nos gritó Ana, la dueña de la hostería, cuando partíamos hacia Termini, la estación de trenes.
“¡Buon viaggio!”, nos gritó Ana, la dueña de la hostería, cuando partíamos hacia Termini, la estación de trenes.
Siempre atenta, siempre amable, siempre en italiano. No sé cómo le hicimos, pero siempre nos entendimos.
Abordamos el tren rápido Frecciargento al mediodía; el viaje fue de 2 horas y media; el destino, Florencia.
Capital de la Toscana, Cuna del Renacimiento, la segunda ciudad más importante de Italia; había visto nacer, o dado asilo, a históricas figuras como Dante Alighieri, Leonardo DaVinci, Miguel Ángel, Maquiavelo, (Ezio Auditore), los Médici, entre otros. Y por supuesto, origen de importantes figuras de la moda como Guccio Gucci. Era obligatorio estar ahí.
La estación de Santa Maria Novella está a sólo 5 minutos andando del Hotel Lorena, nuestro segundo hospedaje. De ahí, todo punto turístico o de interés estaba a no más de 15 minutos. La ubicación no pudo ser mejor.
La primera impresión de Florencia fue el contraste con Roma: de la caótica maraña de callejones y avenidas, pasamos al trazo firme de calles y rotondas; del otoñal beige de los edificios y las ruinas de mármol, pasamos al flameante ocre de los techos a dos aguas y coloridas construcciones uniformes con balcones encontrados; de la extraña mezcla de diversos periodos de la historia, pasamos a sólo uno: el renacimiento.
Toda la ciudad es un museo al aire libre: La Piazza del Duomo, con la impresionante catedral de Santa María del Fiore a lado del Campanario de Giotto, el ícono de la ciudad e invariable primer fondo para las fotografías; y justo enfrente, el Battistero di San Giovanni, donde fue bautizado el autor de la Divina Comedia.
En la Piazza della Signoria, principal punto de reunión para turistas y nativos, donde talentosos músicos y artistas plásticos amenizan el ambiente, se levanta el Palazzo Vecchio, que alberga el imponente Salón de los 500, cuyo techo está adornado con gigantescos tapices que ilustran los innumerables eventos bélicos de la ciudad.
Los joyerías del Ponte Vecchio y las tiendas vintage en el barrio de San Marcos, junto al Palazzo Pitti, secan la boca y seducen a las tarjetas de crédito.
Sin embargo, pese a todas estas bellezas de la ciudad, el mayor espectáculo es su gente. Se dice que Milán es la Capital de la Moda, pero los florentinos no se quedan atrás. Elegancia y buen gusto es el común denominador e hombres y mujeres por igual.
Y los perros... ¡Los perros!... ¡¿Qué onda con los perros?! ¿Los llevan al salón de belleza antes de sacarlos a pasear? Lo sedoso de su cabello provoca envidia y algunos dan la impresión de que en lugar de un estilista, fueron llevados con un chef repostero, pues pareciera que en lugar de pelo, llevan untado nutela o chocolate. Y todos perfectamente entrenados, claro está.
Lo único que critico a los florentinos es la fea costumbre de tirar las colillas de cigarro al suelo. ¿Cómo se atreven a ensuciar su hermosa ciudad? Claro que las cuadrillas de limpieza municipal mantienen el lugar impecable y fuera de las colillas, la gente es limpia y aseada.
Naturalmente, no podíamos irnos sin contemplar al famosísimo David de Miguel Ángel en el Museo de la Academia, la Casa de Dante y el Museo Gucci. No podríamos irnos sin probar el filete y la tripa a la florentina, platillos emblemáticos, y el suculento salami de la toscana. Y no podíamos irnos, claro, sin colocar la moneda en la boca del jabalí en el mercado de piel del Porcellino, que te garantiza retornar a este mágico punto del planeta.
Fue en Florencia donde probamos el mejor cuernito (o brioche como le dicen ellos), de Italia, con chispas del mejor chocolate que hayamos probado y acompañado del mejor capuchino del mundo.
Aquí unas cuantas fotos de nuestro paso por Firenze.
Capital de la Toscana, Cuna del Renacimiento, la segunda ciudad más importante de Italia; había visto nacer, o dado asilo, a históricas figuras como Dante Alighieri, Leonardo DaVinci, Miguel Ángel, Maquiavelo, (Ezio Auditore), los Médici, entre otros. Y por supuesto, origen de importantes figuras de la moda como Guccio Gucci. Era obligatorio estar ahí.
La estación de Santa Maria Novella está a sólo 5 minutos andando del Hotel Lorena, nuestro segundo hospedaje. De ahí, todo punto turístico o de interés estaba a no más de 15 minutos. La ubicación no pudo ser mejor.
La primera impresión de Florencia fue el contraste con Roma: de la caótica maraña de callejones y avenidas, pasamos al trazo firme de calles y rotondas; del otoñal beige de los edificios y las ruinas de mármol, pasamos al flameante ocre de los techos a dos aguas y coloridas construcciones uniformes con balcones encontrados; de la extraña mezcla de diversos periodos de la historia, pasamos a sólo uno: el renacimiento.
Toda la ciudad es un museo al aire libre: La Piazza del Duomo, con la impresionante catedral de Santa María del Fiore a lado del Campanario de Giotto, el ícono de la ciudad e invariable primer fondo para las fotografías; y justo enfrente, el Battistero di San Giovanni, donde fue bautizado el autor de la Divina Comedia.
En la Piazza della Signoria, principal punto de reunión para turistas y nativos, donde talentosos músicos y artistas plásticos amenizan el ambiente, se levanta el Palazzo Vecchio, que alberga el imponente Salón de los 500, cuyo techo está adornado con gigantescos tapices que ilustran los innumerables eventos bélicos de la ciudad.
Los joyerías del Ponte Vecchio y las tiendas vintage en el barrio de San Marcos, junto al Palazzo Pitti, secan la boca y seducen a las tarjetas de crédito.
Sin embargo, pese a todas estas bellezas de la ciudad, el mayor espectáculo es su gente. Se dice que Milán es la Capital de la Moda, pero los florentinos no se quedan atrás. Elegancia y buen gusto es el común denominador e hombres y mujeres por igual.
Y los perros... ¡Los perros!... ¡¿Qué onda con los perros?! ¿Los llevan al salón de belleza antes de sacarlos a pasear? Lo sedoso de su cabello provoca envidia y algunos dan la impresión de que en lugar de un estilista, fueron llevados con un chef repostero, pues pareciera que en lugar de pelo, llevan untado nutela o chocolate. Y todos perfectamente entrenados, claro está.
Lo único que critico a los florentinos es la fea costumbre de tirar las colillas de cigarro al suelo. ¿Cómo se atreven a ensuciar su hermosa ciudad? Claro que las cuadrillas de limpieza municipal mantienen el lugar impecable y fuera de las colillas, la gente es limpia y aseada.
Naturalmente, no podíamos irnos sin contemplar al famosísimo David de Miguel Ángel en el Museo de la Academia, la Casa de Dante y el Museo Gucci. No podríamos irnos sin probar el filete y la tripa a la florentina, platillos emblemáticos, y el suculento salami de la toscana. Y no podíamos irnos, claro, sin colocar la moneda en la boca del jabalí en el mercado de piel del Porcellino, que te garantiza retornar a este mágico punto del planeta.
Fue en Florencia donde probamos el mejor cuernito (o brioche como le dicen ellos), de Italia, con chispas del mejor chocolate que hayamos probado y acompañado del mejor capuchino del mundo.
Aquí unas cuantas fotos de nuestro paso por Firenze.










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