miércoles, 2 de abril de 2014

Italia, first stop Roma

El plan era perfecto. Nuestra boda, un evento sencillo e íntimo, tendría lugar la tarde del sábado 8 de febrero; al día siguiente, partiríamos de luna de miel hacia Italia.

Sin embargo, una semana antes del Gran Día, todo parecía marchar mal. Increíblemente, un mal tiempo con carácter de histórico por lo inusual, azotó a toda la Península Itálica; las fuertes lluvias en varias ciudades, incluyendo Roma y Florencia, nuestro destino, habían provocado la crecida de los ríos Tíber y Arno. La alerta de desbordamiento fue activada allá. La alerta de cancelación de viaje fue activada aquí. La palabra “posponer” flotaba en el aire.
 
Para colmo, en Estados Unidos, nuestro punto de partida, el clima tampoco estaba cooperando; tormentas invernales provocaban la cancelación de vuelos locales e internacionales.

Estábamos estresados, no era el panorama en que imaginas tu luna de miel, tu viaje deseado por todo un año. Por toda una vida.

Al final decidimos jugárnosla. 

Un día después de nuestra boda, desvelados, ansiosos, nerviosos, partimos de Laredo a Houston y de ahí a Washington, DC. El viaje fue pesado, los asientos incómodos, íbamos sin desayunar por lo que sufrimos hambre y el refrigerio tardó mucho en llegar.      
Como el segundo vuelo partió con retraso, cuando llegamos a Washington, apenas tuvimos cinco minutos para abordar el siguiente avión, el que nos llevaría al aeropuerto de Fiumicino, a treinta minutos de la capital italiana. Estábamos cansados tras un vuelo de casi cuatro horas y en lugar de estirar las piernas, íbamos a tomar otro vuelo de nueve horas. 
 
El avión permaneció una hora en el suelo. Había hielo en la pista. El fantasma de la cancelación volvió hacer acto de presencia. ¿Realmente íbamos a atorarnos en Washington? Cruzamos los dedos.
Finalmente, una amable voz emergió de las bocinas para decirnos, en el hermoso idioma italiano, que nos preparábamos para el viaje, estábamos por despegar. No entendimos exactamente lo que dijo, pero la buena vibra es un idioma universal. Sabíamos que todo había salido bien.

¡EEEXITOOOO!... nada se canceló, todo seguía su curso. ¡¡¡Iríamos a Italia!!!

Lunes 10 de febrero de 2014; por fin llegamos a la Ciudad Eterna. Carlo se había dado a la tarea de ver y leer mucho sobre la historia de los romanos, estudiar el mapa de la ciudad y de aprender un poco del idioma...
Yo no había tenido tiempo de nada, solo quería estar ahí y disfrutar.

Boca de la Verdad, Fontana de Trevi, Panteón de Agripa, Coliseo, Monte Palatino, foros romanos, Via Imperiale, Vía del Corso, el gran monumento a Víctor Emmanuel, Monte Capitolino, El Vaticano, la audiencia papal, termas de Caracalla, Villa Borguese, Piazza del Popolo; Piazza Spagna, la lluvia, el sol, el color de la ciudad, su vida nocturna en el barrio de Trastevere, el idioma, el aroma, sus fuentes, su elegancia, los turistas, ¡los paninis!  Todo fue hermoso.

Nuestro último día en Roma fue el 14 de Febrero y ha sido el San Valentín más romántico que hemos pasado. Primero en Villa Borguese, donde rentamos una bici-carro y recorrimos este hermoso parque y nos tendimos en el pasto; luego, en Piazza del Popolo disfrutamos un atardecer espectacular; recorrimos Vía del Corso y cenamos en un lugar muy encantador llamado Antica Osteria Rugantino, en Trastevere, donde la comida estuvo deliciosa.

Aquí unas cuantas imágenes de la primera escala de nuestro viaje, Roma.


   




                        
















































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